Hay un fusilador que vive

Por Lucas Paulinovich.

¿Cómo sentarse ante un cretino, un tipo que secuestró, torturó, violó, mató y fue cómplice del robo de bebés y el saqueo del Estado? Durante diez años, Ricardo Ragendorfer investigó una de las zonas negadas de la historia reciente argentina, las canaletas residuales que cruzaron subterráneamente los años setenta, se hicieron política de Estado en la dictadura y después volvieron a hundirse en el subsuelo, activas pero invisibles, ya entrada la democracia.

“Fue como la frase de Walsh al revés: hay un fusilador que vive”, escribe. De la misma manera, Patán se obsesionó con la historia: buscó, pensó, se sentó y habló con ellos, se metió en las vidas de los traidores. Esa frase, la novedad del libro, tiene resonancias en el resto de la extensión social: quién es el fusilador, dónde están los fusiladores que viven, de qué manera se mantienen activos en la gran mayoría silenciosa que penetra y es penetrada con discursos procesistas. Sirve, además, para preguntarse, cómo es que la dictadura nunca terminó.

Entrevista con “el mayor Peirano”

Para escribir “Los doblados”, Patán Ragendorfer mantuvo 13 entrevistas con Carlos Españadero, uno de los represores que formaron parte del Batallón 601, “un estratega en la sombras”, la cueva de inteligencia, el cerebro operativo de la máquina represiva que funcionó en la Argentina. De esas charlas surgió la infiltración. La traición, uno de los temas universales, poco indagado en sus manifestaciones durante el terrorismo de Estado. Era necesario desgranar la estructura, el organigrama, las modalidades represivas y los personajes del Batallón 601 que, paradójicamente, aunque fue el órgano rector del terrorismo de Estado, casi no fue explorado, como si las continuidades procesistas se cristalizaran en las preguntas que la democracia permitió hacerse a sí misma.

Hay literatura, cine, música, pero un abordaje escaso desde la bibliografía periodística e histórica; es más bien poco lo que se preguntó sobre aquellos que voluntariamente pasaron a prestar servicios para el enemigo. No los quebrados, los detenidos que en situación de encierro y tortura soltaban un dato, un nombre, una dirección. Las batidas y la traición son registros de responsabilidad. Ragendorfer, cronista policial, investigador de novela negra, curioso infinito, se pregunta por esa contracara de la historia que reúne militares asesinos y víctimas, sistemas represivos y estrategias revolucionarias, oficiales obedientes debidos y operativos guerrilleros. “Es un fantasma apenas disimulado”, dice Patán, que unas horas antes de presentar el libro en el Centro Cultural Madrake en su paso por Rosario, se reunió con periodistas de la ciudad para una conversación-taller en la que despuntó técnicas narrativas, momentos de la investigación y anécdotas ilustrativas.

“Hablar con los milicos sirvió para darle más textura a este texto. Es un recurso poco usado, entrevisté a muchos. Estos tipos no son bestias con garras, son personas normales que tuvieron cargos gerenciales en sistemas basados en el exterminio, nada más ni nada menos. Cada uno representa lo que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal. Lo único que se conoce son sus nombres, dónde prestaron servicios y las aberraciones que cometieron. Cosas muy fragmentadas, dado que los sobrevivientes son testigos con los ojos involuntariamente vendados. Por eso la importancia de entrevistarlos, yo no necesitaba que me confiesen sus crímenes, ya conocía lo que habían hecho. Porque digan lo que digan, hasta cuando hablan sobre el clima, demuestran lo que son”, desliza Patán.

La logística del terror

Jesús “Oso” Ranier es uno de los personajes centrales del libro. Un soplón infiltrado en el ERP. Su historia le sirve a Ragendorfer para exponer la red operacional que actuó de fondo en la agresión militar. Ranier era un militante raso, sin cargos de relevancia, “un lumpen, pero sabía oír y ver, aunque no entendiera qué era”. Lo que tenía que hacer era nada más contarlo. Los otros armaban el rompecabezas. Ocupaba un lugar clave: era chofer de logística, hacía traslados de armas, compañeros, equipos. No pertenecía al brazo político, donde estaban los militantes más calificados, ni cumplía funciones de envergadura. Lo suyo era un valor logístico. De esa forma, el cronista puede deducir la arquitectura criminal del aparato represivo de la última dictadura, el plano de la inteligencia, primordial para los militares; una preocupación de segundo rango para las organizaciones revolucionarias. Para los militares fue “una guerra de inteligencia, y su clave es la información”, cita en la introducción las palabras que el jefe del Batallón, Alberto Valín, le dirigió a sus camaradas de armas en octubre de 1975. 

Españadero le da detalles a Ragendorfer, recuerda nombres, lugares, situaciones, hace conexiones, reescribe. “Confundían Saigón con Buenos Aires”, dice. La interrogación desarma el fundamento técnico. La fortaleza de la guerrilla, creían los militares, estaba en la retaguardia. “Por eso, si hubo una guerra, fue contra la sociedad argentina”. Había que dejar al pez sin agua, como postulaba, citando a Mao, el principio fundacional del Operativo Independencia, el laboratorio represivo que desde Tucumán se extendió a todo el país.

La historia de “Los doblados” arranca con el golpe Montonero al Regimiento 29 de Formosa, en octubre de 1975. “Esa franja temporal me permitió desmenuzar el desfile de los militares hacia el golpe de Estado”, apunta Patán, que recopila documentos y testimonios para desmentir las versiones que circulan intentando demostrar que el ataque Montonero propició el golpe, como si los militares, de un día para el otro, hubieran decidido tomar el mando del Estado. “Ni la revista Billiken hubiera publicado eso”, ironiza. El golpe estaba planeado y para ponerlo en marcha necesitaban un hecho guerrillero de envergadura. Fue Formosa como podría haber sido cualquier otro. Al día siguiente del asalto, el gabinete del presidente interino, Ítalo Luder, oficializa los borradores de los decretos de aniquilamientos que extienden a nivel nacional las facultades represivas del Ejército en el Operativo Independencia en Tucumán. “A partir de ese momento comenzó la dictadura, lo del 24 de marzo fue una mudanza”.

Crónica negra de los años negros

La crónica de no-ficción tiene algo de infiltración: se trata de inmiscuirse por las fisuras de la realidad en busca de la trama entre los hechos, la materia viva, ambigua, compleja y contradictoria de la historia. Una recreación de la coreografía bélica que se puso a funcionar aquellos años: detectar y reconocer movimientos, lograr condicionarlos desde adentro. Por eso el libro se lee como una novela policial, de perímetros indefinidos, envuelta por la tensión en la verosimilitud que los propios episodios relatados tuvieron. El clima de terror de la dictadura militar se repone en su dimensión delatora, de traiciones y doblajes. La reconstrucción histórica es, a su vez, una reposición de las secuencias políticas y una invención narrativa que recupera personajes y escenas para instalarlos en un presente donde las figuras de infiltrado, delator y espías vuelven a cobrar vigencia e intentan tomar fuerza de ley. “Los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad fueron las únicas que nunca se democratizaron”, dice Ragendorfer.

La realidad y la ficción tienen un hilado común. Ahí impactan los golpes de efecto, las maniobras sobre la sensibilidad pública. La relación entre periodismo, establishment y dictadura tiene una capa subyacente de militarismo informativo, restos que se expresan con elocuencia en las divulgaciones de Ceferino Reato o Bautista Yofre, pero que componen un modo de proceder que regula la práctica informativa. Está lleno de doblados, punteros de la “historia completa”.

“Cuando me planteé convertir esto en un libro, que fue después de las entrevistas, tenía dos opciones: hacer un amasijo de historias aisladas o concentrar todo en una historia. Dado que las técnicas de las infiltraciones fue una metodología que se utilizó ampliamente en la etapa previa a las desapariciones masivas, decidí hacer una historia donde todos los episodios están entrelazados por determinadas circunstancias. En eso se pone a funcionar la crónica como una técnica narrativa: encajar las versiones. El libro salió después de haber publicado mi primera novela. Nunca me dediqué seriamente a la ficción, porque mi apego a las historias de la realidad me fue más útil para la escritura. Ahí me di cuenta que siempre me he preguntado si la literatura imita a la vida o la vida a la literatura. Lo que une a la ficción de la no-ficción es la escritura, que de por sí es un acto de ilusionismo. Si es ficción, uno debe tratar que el relato parezca algo que realmente ocurrió, en cambio, cuando uno escribe una investigación periodística, el truco consiste en que el texto parezca una novela”, cuenta Ragenderfer.

El periodismo de investigación, la crónica, se establece, entonces, como una estrategia de enfrentamiento ante la inundación del periodismo de datos. La reconstrucción de las historias, la reescritura de los entramados vivos, frente a la fragmentación y separación de las partes, la ordenación digital de los episodios. Patán, el autor de “La Bonaerense” y “La secta del gatillo”, se mete en las cavidades horrorosas de la vida política nacional, bucea entre los destinos azarosos de los protagonistas, ilustra los daños operativos y humanos, descubre las heridas, va encontrando cómo el cerco se cierne sobre el “filtro”, esas vidas que dejan de tener un sentido por sí misma y pasan a ser un engranaje en la maquinaria asesina de la dictadura. Es una invitación a trazar las conexiones burocráticas y operativas del genocidio, acción, concentración y digitación: “El Batallón 601 funciona como correa de transmisión entre los grupos de tareas, los centros de tortura y las más altas autoridades militares”, dice.

Entre la descomposición del régimen político de Isabel Perón, la inminencia del golpe y el aislamiento de la guerrilla con su pase a la clandestinidad, las historias personales van tejiendo la imagen de los nichos de pudrición que subsisten como cuevas de gusanos hasta hoy. Son el cariz dramático de un proceso que llevó al límite la condición humana. Desde ahí aparecen los doblados, los militantes políticos que como medio de sobrevivencia se reconvirtieron en espías y delataron compañeros. Con su relato, Ragendorfer, abre un campo de indagación sobre los efectos del terror, las marcas que quedaron en los sobrevivientes, el peso de ser un sobreviviente, un liberado, la prolongación angustiosa de la tortura en las vidas vigiladas que fueron largadas a una vida democrática que no se ocupó de los traidores. Hay dos historias paradigmáticas: una mujer que traiciona a su pareja y un hombre que entrega a decenas de compañeros, en un doble rol esquizofrénico y ruin, de extrema deshumanización. Nadie salió ileso, ni aún los indiferentes.

Foto: Cosecha Roja.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. rojas_anton@hotmail.com' TANO dice:

    FELICITACIONES RICARDO. EXCELENTE DESCRIPCION DE LO QUE FUE ESA LUCHA DESIGUAL. SALUDOS Y A SEGUIR ADELANTE AHORA MAS QUE NUNCA.

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