Periodismo para recuperar el aliento

Nueve de junio de 1956. En los basurales de José León Suarez, los militares que un año atrás bombardeaban la Plaza de Mayo y poco después derrocaron al gobierno de Juan Domingo Perón, fusilaron a un grupo de civiles que habían sido capturados mientras escuchaban una pelea de boxeo. El general Juan José Valle encabezó un levantamiento en defensa del gobierno depuesto. También fue fusilado. Todos eran sospechosos. Los militares llegaron hasta el basural, los hicieron bajar del camión y caminar por la noche del descampado. Les tiraron por la espalda, ciegos. Después fueron recorriendo los cuerpos, controlando que estuvieran muertos y completando con un tiro de gracia al que respirara. “Se acabó la leche de la clemencia”, declaró el dirigente socialista Américo Ghioldi. Un tiempo después, un periodista que colaboraba con el diario La Nación y había integrado la Alianza Libertadora Nacionalista, sentado en un bar, escuchó que “hay un fusilado que vive”.

Lo que sigue es la historia de uno de los libros más importantes del periodismo argentino –y del continente-, una investigación cuidadosa y paciente, la reconstrucción extremada de los hechos y la búsqueda incansable de ese sobreviviente. Después, la escritura de los sucesos a partir de la puesta en funcionamiento de una maquinaria literaria que combinaba los recursos del escritor de relatos policiales, con el rigor documental del investigador. Rodolfo Walsh escribió “Operación Masacre” como un modo de repensar su propia historia, su pasado inmediato que lo hacía mirar con simpatía al golpe del ’55, de reentramar la urdimbre de los acontecimientos sueltos. Cuando el libro se publicó, esa revolución que prohibió toda alusión al peronismo y secuestró el cadáver de Evita, que se llamaba a sí misma Libertadora, pasó a conocerse como la Fusiladora. La vida de Rodolfo Walsh no fue la misma. La historia y el periodismo en la Argentina, tampoco.

Un lugar para escribir

“Van quedando pocos lugares donde publicar lo que se quiere escribir, (…) y a la vez (y lo uno va con lo otro) cada vez hay menos empresarios dispuestos a arriesgar la paz de sus bolsillos y la de sus relaciones creando medios donde la calidad de la narración vaya de la mano con la riqueza y la sinceridad de la información. Informar bien cuesta mucho dinero, porque requiere invertir un tiempo para el que a veces no basta una sola persona, e informar con honestidad roza con frecuencia intereses ante los que se preferiría estar ciego”. Con esa cita de Tomás Eloy Martínez, se presenta la revista marplatense “Ajo, periodismo de largo aliento”.

El origen de la revista son reuniones que empezamos a tener un grupo de periodistas y fotoreporteros muy críticos del periodismo actual, que sentíamos que ninguno de los medios donde trabajábamos o consumíamos nos contenía e interpelaba esas ganas originales que te motivan para ser periodista –dice Federico Polleri, integrante del colectivo que edita Ajo-. Empezamos a estudiar las razones de eso, qué es lo que llevó al periodismo a convertirse en lo que es hoy. Descubrimos el proceso de concentración mediática que se dio en los noventa, también, que a ese proceso le sigue un éxodo de audiencias que lleva a los medios a una crisis en términos de ética periodística y credibilidad social, acompañada de una crisis de modelo de negocio. Estaban complicados con esa situación y desvirtuaron el periodismo. Los medios de comunicación se dedican a conseguir lectores a como dé lugar, a bajar los costos al máximo y a vender lectores, no noticias. Esa manera de resolver la crisis ataca directamente a la planta de periodistas, se vacían los medios, despiden trabajadores y, dentro de eso, otra de las cosas que empiezan a liquidar son géneros periodísticos, los que consideran menos rentables, como la investigación, el ensayo y, fundamentalmente, la crónica narrativa. En principio, nos propusimos recuperar los géneros en extinción, y particularmente la crónica narrativa es un género que ha demostrado con trabajos magistrales como Operación Masacre, pero también otros, que permite ir a fondo con las cosas, que las investigaciones sean más profundas y que la divulgación tenga un alcance que el género de investigación de datos no tiene.

Ajo es uno de esos lugares para escribir. Hablan de una biomecánica de la integración, otro modo de entender la comunicación colectiva que implica la interpelación directa con el lector, un compromiso que lo ubica en el lugar de la potencia. Piensan en lectores activos, romper la dinámica de consumo de noticias fragmentarias, flashes inconexos. El periodismo, así entendido, se basa en tejer relaciones.

– ¿En el escenario polarizado que se planteó entre periodismo profesional y militante, que también dejó afuera la posibilidad narrativa y cayó en una compulsa de datos contra el periodismo de las grandes corporaciones, de qué forma inscriben lo que hacen?

– Nosotros creemos que la discusión fue de coyuntura, pero que es distractiva. O se hace periodismo o no se hace. Los medios tradicionales, en general, salvo contadísimas excepciones que tiene que ver con periodistas particulares, no hacen más periodismo. En ese sentido, los compromisos políticos o ideológicos que tenemos son legítimos y construyen la mirada de cada uno para construir cualquier tema. Si no hay mirada, no hay nota. Creo que se dio poco espacio en general al periodismo narrativo, y eso responde más a que es poco rentable que a un posicionamiento ideológico en relación al género. Los que manejan los medios no se bancan tener un mes a un periodista trabajando un tema para que escriba una sola nota. Y por otro lado, tampoco se bancan publicar 30 mil caracteres por el espacio que ocupa. También hay algo que tiene que ver con la urdimbre y la trama, como en los telares, que tienen una tela que hacen la estructura y sobre esa estructura se dibujan las tramas. Nosotros decimos que hay que revisar la urdimbre, y en general, con posicionamientos políticos más interesantes que los que propone el periodismo tradicional, se impuso una trama diferente pero no se tocó la urdimbre, entonces el modelo periodístico es alternativo en la mirada pero las formas son iguales. La propuesta nuestra de incorporar los géneros en extinción tenía que ver con cuestionar la urdimbre, no hacer un portal sólo con una línea editorial piola.  

El relato vivo

Escribir es una necesidad. Contar la historia es parte de la experimentación, de estar, ver, oír, preguntar, una instancia complementaria. La vorágine noticiosa impide llegar a la espesura de los hechos. Pasa, sobrevuela, desintegra. Las historias no llegan, golpean y caen, nunca pueden clavarse en el lector, forman parte de una agenda estática dónde se habla de los mismos temas, con el mismo tono, haciendo las mismas preguntas, utilizando los mismos recursos.

– Ese cruce entre periodismo y literatura, la representación con recursos de la ficción y el relato histórico documentado, muestra nuevas dimensiones de los hechos, le da otra potencia ¿qué particularidad tiene ese narrador parado siempre en los bordes entre uno y otro?

– Algunos grandes cronistas dicen que en la crónica narrativa, el narrador dice acá estoy yo. No significa que se escriba en primera persona, porque hay muchísimos trabajos de crónica narrativa que están escrito en tercera persona, pero que igualmente están plantados desde la presencia explícita, reconociendo esa subjetividad que el periodismo profesional prefiere ocultar tras una tercera persona objetiva, neutral, que pareciera que no hubiera mirada. No hay crónica narrativa si no hay mirada subjetiva que se sostiene con sustancia, con interpretación, posicionamientos. No significa que hay que construir las crónicas a partir de prejuicios. En general, el cronista debe ir con una mirada desprejuiciada, pero no neutral ni ingenua.  

 – Más allá de “fundar un género”, “instalar un estilo”, ¿en qué intervino Walsh sobre los modos de contar la historia?

– Walsh lo que aportó es una mirada respecto del rol de periodista, en un contexto político muy particular, que tuvo que ver con la evolución de su propio pensamiento, pero es una mirada que plantea que el periodista y los intelectuales en general tienen que comprometerse con su época, sino van a estar en la antología del llanto, como decía, y no en la historia viva de su tierra. Me parece que el legado más importante tiene que ver con eso. Respecto de “Operación Masacre” el impacto que tiene no se relaciona con que si fue primero o no que “A sangre fría”. Ese debate a ver si los yanquis nos primeriaron, que si Truman Capote publicó después, me parece que no tiene sentido. Antes de Walsh hubo cronistas narrativos, no era el único que lo hacía, otros también utilizaban herramientas de la ficción para poder mejorar los relatos y contar de manera más honda. Lo que pasa es que “Operación Masacre” es un libro dónde asumió los máximos riesgos para contar una historia que fue determinante en términos políticos, que tuvo consecuencias concretas sobre la realidad y que estaba escrito de manera extraordinaria, porque era un gran escritor. Esa es la potencia por la que venimos hablando y vamos a seguir hablando de “Operación masacre”. Y de él como un referente que se juega la vida por sus convicciones y pone su profesión y su vocación al servicio de una causa.

Una flecha en el laberinto

Son pocos los medios que logran escapar al vértigo informativista, el título fuerte, la información fraccionada y de consumo veloz, la repercusión anhelada como método de consagración. La escritura, en el periodismo, se empaquetó, encorsetada en modelos repetidos, fórmulas eficientes y desinterés por las posibilidades del lenguaje. Actualmente, casos como el de revista Anfibia, que busca una intersección entre la crónica periodística y el ensayo académico o “EnREDando”, en Rosario, que recorre los barrios de la ciudad buscando las historias calladas, las voces que no pueden entrar en esos formatos estancados de los medios tradicionales, las texturas y rugosidades de los hechos, los tejidos sensibles que están por debajo de lo que se visibiliza, son una excepción que convocan a los lectores que usan a los portales y medios más grandes solo para ver de qué se está hablando. Leer e informarse es otra cosa. En Ajo, hablan de fuerza de deseo colectivo, vocación transformadora y prepotencia de trabajo. La invención de nuevos modos de investigar, narrar, leer e informarse es un punto de confluencia entre el lector y el periodista. El objetivo: salir. Romper los límites duros del periodismo profesionalizado, acabar de una vez por todas con la noticia.

– Ese enloquecimiento por contar primero lleva a que el acento esté puesto en el qué y se deje de lado el cómo, al punto que la propia verosimilitud de lo que se está contando entra en crisis. Ya no importa si es cierto o no, lo que importa es decirlo antes. La publicidad juega en ese sentido: a esos medios financian. ¿Cómo colocarse en ese panorama del periodismo hegemónico?

– No nos incluye en absoluto la primicia, para mí desapareció, ya no tiene ningún sentido. García Márquez decía que la mejor noticia no era la que se daba primero, sino la que se daba mejor. A nosotros nos pasa todo el tiempo, porque nos definimos como un medio de segunda lectura, que se separa de la carrera por la noticia caliente, que no quiere decir que no abordemos temas de coyuntura. Hace poco, hubo un caso de tentativa de femicidio a Victoria Montenegro, que el novio le pegó hasta dejarla inconsciente, y tuvo repercusión en los portales, muy agarrados de lo burdo, mostrarla a ella golpeada. En su momento no lo abordamos; pero luego publicamos a un cronista que lo trabajó desde una crónica narrativa,. Estuvo durante dos meses, y fue una crónica sobre el caso muy profunda, con toda la historia, con más voces, que estaba a destiempo, pero es la nota más completa y profunda que se escribió. Nosotros preferimos eso, porque creemos que lo necesita, incluso como consumidor de medios. La noticia dura cinco minutos, no tiene sentido esa supuesta primicia. Es un modelo periodístico que es decadente y sigue aferrado a formas que ya no tienen sentido porque la realidad cambió y ellos no se enteraron todavía.

Foto: Camila Villarruel

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